Caminar por las calles de Guayaquil después de las diez de la mañana se ha convertido en un desafío de resistencia física. Los termómetros confirman que la ciudad atraviesa una de las etapas más sofocantes del año.
El impacto es tan directo que actividades cotidianas, como salir a caminar por la tarde o incluso tomar una ducha refrescante, se han vuelto imposibles: el agua sale tibia de las tuberías y el pavimento irradia un calor que agota en pocos minutos.
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Según los análisis técnicos del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi), este escenario responde a una combinación de factores atmosféricos precisos en el océano.
Cristian Paliz, especialista en pronóstico del Inamhi, explica que este fenómeno se debe principalmente al ingreso de masas de aire seco y la influencia del Anticiclón del Pacífico Sur. “Este sistema genera condiciones de estabilidad atmosférica, lo que se traduce en cielos con escasa nubosidad. Al no tener nubes que actúen como filtro, la radiación solar ingresa con mayor intensidad directamente hacia la superficie”, señala el experto.
Por su parte, el meteorólogo Boris Malavé añade que la configuración de los vientos también juega un papel crucial.
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“El flujo de aire desde el Pacífico llega con niveles de humedad que, al interactuar con las altas temperaturas terrestres, elevan drásticamente la sensación térmica, haciendo que el calor se sienta mucho más pesado de lo que indica el termómetro”, indica Malavé.
