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Guayaquil arde: ¿Por qué la ciudad ya no puede enfriarse sola?

Expertos advierten que el déficit de áreas verdes y el exceso de cemento crean un microclima donde el alivio nocturno ha desaparecido.

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Guayaquil arde. Humedad del 80% y sensación térmica del 40% afectan a los guayaquileños.

Guayaquil enfrenta una realidad innegable: cada año se siente más caliente que el anterior. Aunque el Inamhi confirme que las temperaturas actuales (34°C - 35°C) están dentro de los rangos históricos para abril, la percepción ciudadana es de un sofoco inédito. La razón no está solo en el cielo, sino en el suelo.

Según expertos, Guayaquil se ha convertido en lo que los urbanistas llaman una “isla de calor”.

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Este fenómeno ocurre cuando los materiales de construcción (asfalto y concreto) absorben la radiación solar durante todo el día y la liberan lentamente durante la noche, impidiendo que la ciudad se refresque.


“Recibimos radiación desde arriba y desde abajo. Al haber menos árboles, el sol llega directo al cemento, que luego emite ese calor de vuelta. Guayaquil es hoy una trampa térmica”, explica el oceanógrafo de la ESPOL, Franklin Ormaza.

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¿Dónde hace más calor?

No todos los sectores sufren igual. Mientras zonas con mayor vegetación como Los Ceibos o Puerto Azul conservan microclimas más tolerables, sectores como Pascuales, Monte Sinaí y el centro de la ciudad registran hasta 3°C o 4°C más debido a la falta de cobertura vegetal y la alta densidad de edificaciones.

La arquitecta y planificadora urbana, Rosa Carbonell, señala que la situación es estructural. “La falta de ventilación natural en los diseños modernos y la sustitución de jardines por pavimentos para parqueos han agravado el problema. Necesitamos soluciones de ‘infraestructura verde’ urgentes”, sostiene.

Un riesgo para la salud pública

El calor extremo no es solo una incomodidad; es un riesgo médico.

La exposición prolongada a estas temperaturas aumenta los casos de hipertensión, deshidratación severa y, según estudios recientes del PhD. Emilio Carrillo, incluso afecta la salud mental, incrementando los niveles de ansiedad y fatiga crónica en la población trabajadora.

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