En Ecuador, solo 172 niños han sido reconocidos oficialmente con Altas Capacidades en los últimos cinco años. Detrás de esa cifra están historias como las de Emil y Adahis, dos niños de 10 años con quienes conversamos para conocer cómo es crecer, aprender y soñar en un sistema educativo que muchas veces no avanza a su mismo ritmo.

Emil Díaz Sánchez entró a la redacción de Metro Ecuador con la curiosidad a flor de piel. Habla rápido, enlaza ideas y se emociona cuando menciona fórmulas, experimentos y números. Está en octavo de Educación General Básica, tiene dos saltos de grado y, además, recibe clases con estudiantes de décimo. Adahis Vallejo Lema, igual de atenta, cursa séptimo de básica con un salto de grado.
Ambos tienen algo en común: aprenden diferente.
La necesidad de avanzar
“Yo prestaba atención, pero sentía que quería avanzar”, contó Emil. “Era muy poquito a poquito. Yo decía: esto ya sé, ¿por qué no avanzamos más?”. Así recuerda el momento en que se dio cuenta de que aprendía más rápido —y de forma distinta— que otros niños.
Sus ojos se iluminan cuando habla de matemáticas. Le gusta trabajar con ecuaciones, binomios y polinomios. “Me encanta porque siento que es matemática avanzada, y es muy chévere seguir aprendiendo temas nuevos”, dice. Para él, resolver problemas no es una obligación escolar, sino una forma de entretenerse.

Pero su curiosidad no se queda en los números. Emil también siente una profunda atracción por las Ciencias Naturales, especialmente la Química, la Biología y la Física. No le interesa memorizar datos básicos, sino entender cómo funcionan las cosas. “Me gusta más irme a la Biología, no solo saber que un animal es vertebrado o invertebrado, sino entender por qué”, explica.
Hace poco, Emil decidió experimentar por su cuenta. Investigó sobre el pH y descubrió que la col morada contiene un pigmento que cambia de color según la acidez de una sustancia. Con alcohol y papel de cocina fabricó tiras de pH caseras.
Fuera de la ciencia, Emil es un lector apasionado. Le gustan los relatos de misterio, especialmente Edgar Allan Poe, pero también disfruta historias más ligeras. Entre sus autores favoritos está María Fernanda Heredia; su libro preferido es 'Amigo, se escribe con H’.
“Aprendía más rápido y me llamaban la atención”
Por su parte, Adahis recuerda que desde Primero de Básica notó que aprendía más rápido.
“Mis compañeros recién estaban aprendiendo operaciones básicas y yo ya sabía eso. Me adelantaba las tareas y los profes me llamaban la atención”, relató.

Le gustan las matemáticas y los animales, especialmente los gatos. “Me intriga cómo sobreviven tanto y cómo caen siempre de pie”, dice. Cuando el ritmo de la clase se vuelve repetitivo, hace manualidades u origami, o se pone a leer.
Su libro favorito se llama Walden y lo ha leído al menos tres veces. “Si es un tema que ya sé, me gusta explicarles a mis compañeros”, cuenta. Sueña con ser veterinaria o paleontóloga y descubrir nuevas especies de dinosaurios.
A otros niños que se sienten diferentes les dice:
“Que no se sientan raros. Que sigan aprendiendo cosas nuevas y no hagan caso a quienes digan cosas malas. Que sigan su camino”.
No son “superdotados”, son niños
La neuropsicóloga María Gabriela Ávila, especialista en altas capacidades, insiste en desmontar uno de los mitos más extendidos. “Hablar de superdotación es un error. No tienen superpoderes ni tienen que sacar 10 en todo”, dice.
Explica que la identificación no depende solo del coeficiente intelectual. “Se evalúa la creatividad, la persistencia, la flexibilidad para resolver problemas. El IQ no es una cifra fija ni una sentencia”, aclara.

Según Ávila, muchos niños con altas capacidades no son detectados a tiempo. “El docente suele ser el primer punto de alerta. Hay niños que leen solos a los tres o cuatro años, que dominan contenidos en días cuando otros tardan meses”.
Cuando el talento no es comprendido
Para la psicóloga clínica Milena Peña, especialista en altas capacidades, el aburrimiento que describen Emil y Adahis no es un capricho. “Cuando no son atendidos adecuadamente, muchos niños empiezan a distraerse, a dejar de querer ir a clases o a hacer otras actividades que les resultan más interesantes”, explica.
Ese desajuste puede afectar su autoestima y su socialización. “A veces son vistos como problemáticos o desafiantes. Incluso pueden desarrollar ansiedad o síndrome del impostor”, advierte.
Por eso, señala, el rol de la escuela y de la familia es clave. “No se trata de exigir perfección ni de ponerles más tareas, sino de acompañarlos, validar lo que sienten y adaptar el aprendizaje a sus necesidades”.
Historias que piden ser escuchadas
Emil y Adahis no llegaron a Metro Ecuador para mostrarse como excepciones, sino para contar cómo se siente aprender a otro ritmo. “No es ser mejor que nadie”, dice Emil. “Es pensar diferente”.
Sus historias revelan que, detrás de los números y los instructivos, hay niños curiosos, sensibles y creativos que solo piden algo básico: que el aula no les quede pequeña.
Más que genios, son niños curiosos. Y más que un privilegio, las altas capacidades son una necesidad educativa que Ecuador todavía debe aprender a atender.
¿Cuál es su sueño?
Cuando se les preguntó por sus sueños, ninguno habló de fama inmediata ni de premios escolares.
Adahis respondió con seguridad que le gustaría ser reconocida en el mundo por un descubrimiento que podría hacer en el futuro, dejó claro que su motivación está en aportar algo nuevo, algo que todavía no existe.
Emil mencionó: “Mi mayor sueño es ser reconocido descubriendo un avance en la ciencia”, dijo. Luego amplió su idea: el universo, la ciencia en general o la medicina. Incluso se permitió imaginarse como médico. “Tal vez descubrir la cura de alguna enfermedad”, añadió.
Un instructivo que aún no alcanza
El Ministerio de Educación cuenta con un Instructivo para la Atención Educativa a Estudiantes con Dotación Superior, que reconoce a las altas capacidades como una necesidad educativa específica y permite adaptaciones curriculares e incluso saltos de grado.
Sin embargo, las cifras muestran una brecha. Solo 172 niños han sido reconocidos oficialmente en los últimos cinco años, un número bajo si se considera que estimaciones internacionales señalan que entre el 5 % y 10 % de la población infantil podría presentar altas capacidades.
“La falta de identificación y acompañamiento puede llevar a que estos niños se escondan, se aburran o incluso abandonen el sistema”, advierte Ávila.
