El reciente retorno a Estados Unidos de un vuelo de American Airlines con destino a Quito, tras activar el código de emergencia 7700, volvió a poner sobre la mesa una figura cada vez más frecuente en la aviación comercial: el pasajero disruptivo.
Este término se utiliza para describir a cualquier persona a bordo que no cumple las instrucciones de la tripulación, interfiere con sus funciones o pone en riesgo la seguridad del vuelo, ya sea de otros pasajeros o de la propia aeronave.
De acuerdo con estándares de la industria aérea, un pasajero puede ser considerado disruptivo cuando presenta conductas como agresiones verbales o físicas, consumo excesivo de alcohol o drogas, negativa reiterada a seguir indicaciones de seguridad, intimidación a la tripulación o alteraciones graves del orden durante el vuelo.
Este tipo de incidentes no solo afecta la experiencia de los pasajeros, sino que puede obligar a los pilotos a desviar o retornar la aeronave, como ocurrió con el vuelo AA 2259, que cubría la ruta Miami–Quito y que, según Flightradar24, regresó a Estados Unidos por una situación relacionada con este tipo de comportamiento.
Las cifras reflejan un aumento sostenido. Un informe de la International Air Transport Association (IATA), divulgado en junio de 2025, reporta 53.538 incidentes de pasajeros disruptivos a nivel mundial, con un promedio de un caso por cada 395 vuelos en 2024.
En Estados Unidos, la Administración Federal de Aviación (FAA) ha endurecido las sanciones contra estas conductas. Desde 2021, las multas impuestas superan los 5 millones de dólares anuales, una cifra muy superior a la registrada antes de la pandemia, cuando no superaban el millón de dólares por año.
Las aerolíneas y autoridades aeronáuticas insisten en que el cumplimiento de las normas a bordo no es opcional, ya que cualquier alteración puede comprometer la seguridad del vuelo y derivar en consecuencias legales para los responsables.
