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Shakira en el Zócalo: el concierto que transformó el miedo en esperanza para México

A una semana de la captura de “El Mencho” y la ola de violencia que sacudió al país, más de 400 mil personas abarrotaron el Zócalo en un concierto que, con un operativo de más de 5,500 elementos, envió un mensaje de resiliencia y devolvió a México una renovada percepción de calma

A veces, la música logra lo que los discursos no pueden.
Shakira A veces, la música logra lo que los discursos no pueden. (Cortesía)

Parecía que el país había entrado en pausa. El 22 de febrero, tras el abatimiento de El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, las imágenes de violencia en el occidente mexicano dieron la vuelta al mundo. Carreteras bloqueadas, vehículos incendiados y una sensación de zozobra que volvió a instalar el fantasma del miedo colectivo.

“El miedo no anda en burro”, dice el refrán. Y en los días posteriores no faltaron quienes presionaron para cancelar cualquier evento masivo. El blanco más visible era el concierto gratuito de Shakira en el Zócalo de la Ciudad de México, programado como el broche de los 100 años de Corona.

Pero ni la artista, ni el patrocinador, ni las autoridades capitalinas se echaron para atrás. Decidieron seguir adelante. Apostaron por enviar un mensaje distinto: que el país no se paraliza, que la agenda pública no se define desde el terror.

Y así, contra el ruido y los rumores, el domingo la plancha del Zócalo volvió a latir. Más de 400 mil personas —familias enteras, jóvenes, adultos mayores— salieron a la calle en Ciudad de México para cantar. La postal fue contundente: un mar humano en paz, celebrando la música en el corazón político y simbólico de México.


No fue improvisación. Para garantizar el bienestar de asistentes, producción y de la propia Shakira, se desplegó un operativo sin precedentes. Más de 5,500 elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana participaron en un esquema de tres anillos de seguridad que cubrieron accesos y calles aledañas.

Se instalaron filtros en puntos estratégicos como 20 de Noviembre, Pino Suárez y Madero; se realizaron sobrevuelos de drones tácticos; se activaron binomios caninos y células de reacción inmediata. El personal médico y de protección civil también fue reforzado con puestos de atención distribuidos en el perímetro.

Más de 400 mil personas fueron testigos de este show épico
Shakira (Cortesía)

Para la artista colombiana se diseñó un protocolo específico de traslado y resguardo, con rutas controladas y coordinación directa con su equipo de seguridad. El objetivo era uno solo: saldo blanco. Y se consiguió.

La gente pudo cantar sin mirar por encima del hombro. Y esa, en estos tiempos, no es poca cosa.

El efecto del concierto trascendió lo musical. Mientras algunos analistas internacionales especulaban con posibles afectaciones para la organización del Mundial 2026, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, salió a cerrar filas: México sigue firme como sede.

El mensaje fue claro. No hay marcha atrás. El país mantiene su lugar en el escaparate global. En medio del ruido, la declaración funcionó como oxígeno político y mediático.

Más que un concierto

Shakira no solo cantó. Apostó por continuar cuando era más fácil cancelar. Dio por cerrado un capítulo que había colocado a México en la conversación mundial bajo una narrativa adversa. Y lo hizo con música, con presencia y con una imagen que ahora compite —y supera— a la del fuego y los bloqueos.

La fotografía de cientos de miles de personas reunidas en paz en el Zócalo tiene un peso simbólico difícil de cuantificar. En política, la percepción suele ser tan poderosa como la realidad. Y este domingo, la percepción cambió.

No se trata de minimizar los retos de seguridad ni de romantizar la adversidad. Se trata de reconocer que la resiliencia también construye país. Que el miedo puede ser legítimo, pero no puede dictar la agenda de una nación entera.

Tras el concierto, México respira distinto. Quizá no se resolvieron todos los problemas. Pero por unas horas —y en ocasiones eso basta— el país recuperó el pulso. Y a veces, sí, la música hace más por la percepción de seguridad que cualquier discurso político.

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