Carlos Alberto Michelena, el eterno “Miche” del Parque El Ejido, cumple 50 años de trayectoria artística y lo celebra este jueves 12 de febrero en el Teatro Sucre. Medio siglo haciendo humor político, crítica social y teatro callejero en Ecuador no es poca cosa. En tiempos de redes sociales, cancelaciones y polarización, su voz sigue siendo incómoda para el poder y cercana para el pueblo.

Hablar de Carlos Michelena es hablar de memoria urbana. De plaza, de mercado, de gente de a pie. Su carrera no nació en camerinos elegantes ni bajo reflectores dorados, sino en el asfalto, entre vendedores ambulantes y ciudadanos que encontraban en su sátira un desahogo colectivo.

En entrevista por sus 50 años de trayectoria, Michelena lo dice sin rodeos: vivimos un cambio cultural atravesado por la tecnología. Hoy la información circula al instante, pero también la desinformación. “La gente busca actos físicos, comunicación cuerpo a cuerpo”, afirma. Y ahí está su ventaja: el contacto directo, la risa compartida, el comentario incómodo dicho a pocos metros del poder.

Teatro callejero y libertad de expresión en Ecuador: ¿ha cambiado algo en 50 años?
Una de las preguntas inevitables es si hoy existe más libertad de expresión que en los años 80 o 90. Michelena es claro: la censura siempre ha existido, solo cambia de forma. Recuerda episodios durante el gobierno de León Febres Cordero, cuando el clima político era tenso y el temor real. También menciona detenciones tras repetir frases dichas por políticos desde balcones oficiales.

Su postura no es contra personas, sino contra sistemas. “Uno cuestiona las formas de gobierno”, insiste. Esa diferencia es clave. En una sociedad donde el humor político suele ser confundido con ataque personal, Michelena reivindica la sátira como herramienta democrática.

Históricamente, el teatro callejero en América Latina ha sido un espacio de resistencia cultural. Desde los juglares medievales hasta los colectivos de teatro popular en dictaduras del Cono Sur, la calle ha sido tribuna cuando otros escenarios se cerraban. Michelena forma parte de esa tradición.

Carlos Michelena en el Teatro Sucre: ¿por qué esta función es especial?
El show del jueves 12 de febrero en el Teatro Sucre no es solo una presentación artística; es una celebración de supervivencia cultural. Tras la pandemia —que obligó al “cierre” de parques y plazas— el actor reinventó su oficio en formato virtual, adaptando su espacio doméstico para mantener el contacto con el público.

“Fue una prueba profesional”, reconoce. Sin el Parque El Ejido, su oficina histórica, tuvo que migrar a lo digital. Y aunque no es lo mismo que el contacto directo, logró sostener una comunidad que lo apoyó incluso económicamente.
La función en el Teatro Sucre también tiene un trasfondo personal: Michelena habla de jubilación, de deudas con el seguro social y de la precariedad que enfrentan muchos artistas populares en Ecuador. No hay victimismo, pero sí una crítica clara al abandono institucional del arte independiente.

Humor en redes sociales vs. humor callejero: ¿qué está pasando?
Michelena observa con escepticismo el humor actual en redes. Para él, el problema no es la tecnología en sí, sino el facilismo. Critica la búsqueda rápida de fama y dinero sin formación ni contenido profundo. No es una postura nostálgica, sino una advertencia cultural.
El humor callejero, dice, nace de la necesidad. El artista popular se reinventa porque debe sobrevivir. Esa reinvención constante es, paradójicamente, lo que garantiza que el teatro de calle no desaparezca. “Siempre ha existido y existirá”, afirma.
En efecto, los merolicos, músicos ambulantes y poetas urbanos han acompañado la historia de las ciudades. En Quito, el Parque El Ejido ha sido durante décadas un epicentro cultural donde convergen artesanos, lectores y artistas populares. Michelena es parte de esa identidad.

Represión, fe y resistencia personal
El artista no evade los temas difíciles. Ha sido detenido, agredido y censurado. Confiesa que hubo momentos de miedo real, especialmente cuando la violencia política alcanzó a personas cercanas. Sin embargo, asegura que lo que más le ha dolido no es la represión, sino la pérdida de su madre.
En lo personal, se define creyente, santero, alguien que confía en energías y rituales cotidianos. Más allá de la anécdota, hay una filosofía: cuidarse para seguir creando. Su rutina —desde remedios caseros hasta desayunos populares en el mercado— es también una declaración de identidad.

¿Cómo quiere ser recordado Carlos Michelena?
No pide homenajes oficiales ni reconocimientos pomposos. De hecho, relativiza los diplomas y placas institucionales. Para él, el verdadero reconocimiento es el saludo sincero en la calle, la señora que le ofrece un jugo, el ciudadano que le dice que su humor le alegró el día.
Si hoy empezara desde cero, volvería a elegir la calle como escenario. Y cuando ya no esté, quiere algo simple: que se siembre un árbol y se respete al otro.
En tiempos de polarización y discursos extremos, Michelena representa una tradición incómoda pero necesaria: la del humor que cuestiona sin odio, que critica sin dejar de ser pueblo. Sus 50 años no son solo una cifra; son una prueba de que la risa también puede ser resistencia.
Este jueves 12 de febrero, el Teatro Sucre no solo recibirá a un actor. Recibirá medio siglo de memoria crítica ecuatoriana.
