Lo de Ecuador ante Curazao fue uno de esos golpes difíciles de explicar. No porque la clasificación esté matemáticamente perdida, sino porque la sensación que dejó la Selección fue la de un equipo sin respuestas, sin claridad y sin la rebeldía que exige un torneo tan corto como este.
Por eso entiendo el enojo. Entiendo la crítica. Entiendo la frustración de una hinchada que llegó a Estados Unidos ilusionada, que llenó estadios, que convirtió a Filadelfia y Kansas City en pequeñas sucursales del Ecuador y que hoy siente que ese sueño se está escapando de las manos.
Pero también creo que este no es momento de abandonar.
Suena extraño decirlo después de una presentación tan pobre. Suena incluso contradictorio. Sin embargo, el ecuatoriano siempre ha tenido algo que lo distingue: pelea hasta el final. Cuando parece que no hay salida, cuando el panorama luce oscuro, cuando todos dan por terminado el camino, aparece esa capacidad de seguir empujando.

Por eso pido algo sencillo: un partido más.
No porque Ecuador haya demostrado que puede ganarle a Alemania. No porque el equipo haya convencido futbolísticamente. Tampoco porque existan demasiados argumentos para creer.
Lo pido porque todavía hay noventa minutos por jugar.
Porque los jugadores son los primeros que están sufriendo. Un torneo de esta magnitud puede cambiar carreras, abrir puertas, mejorar contratos, aumentar visibilidad y consolidar legados. Ellos saben perfectamente lo que dejaron escapar ante Curazao. Ellos son los primeros que están golpeados por este momento.
Y aunque muchas veces se los vea como figuras lejanas, detrás de cada camiseta hay personas que sienten la presión, la crítica y el peso de haber decepcionado a un país entero.

Si Ecuador no logra competir ante Alemania, seguramente llegarán las consecuencias. Habrá cuestionamientos profundos. Habrá decisiones importantes. Saldrá Beccacece y llegará otro. Posiblemente se cierre un proceso y se abra otro. Será momento de analizar errores, corregir rumbos y empezar nuevamente.
Pero todavía no.
Todavía queda un partido.
Uno más.
Y sí, es contra Alemania. El rival más complicado del grupo. El que llega mejor. El que parece tener todas las ventajas.
Pero el fútbol nunca ha sido territorio de la lógica.
Si así fuera, no existirían las hazañas. No existirían las remontadas. No existirían esas historias que se recuerdan durante décadas.

¿Y si aparece la mejor versión de Ecuador?
¿Y si por fin se conectan todas las piezas que hasta ahora han estado desconectadas?
¿Y si la Selección encuentra en noventa minutos el fútbol que no mostró en los dos partidos anteriores?
¿Y si sucede lo imposible?
Nadie lo sabe.
Lo único seguro es que, si ocurre, todos volveremos a sonreír.
Por eso, antes de rendirnos definitivamente, empujemos una vez más. Apoyemos una vez más. Creamos una vez más.
Al final, Ecuador ya está contra las cuerdas. Ya no hay nada que perder.
Pero si gana…
Qué lindo sería.
