El Financial Field fue una fiesta ecuatoriana durante el primer tiempo. Cerca de 50.000 aficionados pintaron de amarillo las tribunas, cantaron el himno a todo pulmón y acompañaron cada avance de la Tricolor con cánticos y aplausos. La sensación era de localía absoluta y parecía que Ecuador tendría un jugador más en las gradas.
Durante los primeros 45 minutos, la energía bajó constantemente desde las tribunas. Cada recuperación era celebrada, cada ataque despertaba ilusión y el ambiente empujaba al equipo de Sebastián Beccacece. La conexión entre cancha y graderío era evidente.
Sin embargo, el panorama cambió radicalmente en el segundo tiempo.
Justamente cuando Costa de Marfil comenzó a ganar terreno, a controlar la posesión y a exigir más a la defensa ecuatoriana, el estadio se fue apagando. Los cánticos desaparecieron, los gritos de apoyo fueron cada vez menos frecuentes y la hinchada perdió protagonismo en uno de los momentos más delicados del partido.
Resultó llamativo porque era precisamente cuando Ecuador más necesitaba el respaldo de su gente. La Tricolor sufría ante la intensidad física de los africanos, encontraba menos espacios para atacar y necesitaba ese impulso emocional que muchas veces nace desde las gradas. Pero el ambiente pasó de la euforia a la tensión.
Parecía que el dominio marfileño había provocado una especie de shock colectivo en buena parte de los aficionados. El nerviosismo reemplazó a los cánticos y la preocupación silenció a un estadio que había comenzado el encuentro con una energía espectacular.
La presencia de la afición fue histórica y las imágenes de un estadio teñido de amarillo quedarán para el recuerdo. Sin embargo, el fútbol también se juega desde las tribunas. Y en Philadelphia quedó la sensación de que cuando Ecuador más necesitó escuchar a su gente, fue cuando más silencio encontró.
