La derrota de Marlon Vera este 28 de febrero ante David Martínez por decisión unánime en Ultimate Fighting Championship México reabre una pregunta incómoda pero inevitable: ¿debe Chito Vera seguir compitiendo en la élite del peso gallo?
La respuesta rápida, en caliente, podría ser un no. Cuatro derrotas consecutivas pesan. Después de su última victoria frente a Pedro Munhoz, el ecuatoriano cayó en la pelea por el título ante Sean O’Malley, luego fue superado por Deiveson Figueiredo, perdió por decisión en Canadá frente a Aiemann Zahabi y ahora volvió a ceder en las tarjetas ante Martínez. El patrón es claro: decisiones unánimes, control del rival, dificultad para imponer su ritmo.
Sin embargo, reducir el debate únicamente a la racha sería injusto.
El legado no se discute: el pionero de Ecuador en la UFC
Antes de cualquier crítica técnica, hay que recordar algo esencial: Chito Vera fue el primer ecuatoriano en abrirse camino real y sostenido en la UFC. Durante 12 años ha competido en la empresa más exigente de las artes marciales mixtas, acumulando más de cinco horas de combate en la división gallo, siendo uno de los peleadores más activos e históricos del peso.
Nunca ha sido noqueado. Apenas recibió un knockdown ante Figueiredo. Su resistencia es élite. Su pegada sigue siendo respetada; el propio David Martínez reconoció que el poder del ecuatoriano es real. Su nombre forma parte de las conversaciones grandes del peso gallo durante la última década.
Ecuador y América Latina no pueden ser ingratos con un atleta que llevó la bandera tricolor a una pelea por el campeonato mundial. Eso no se borra con cuatro derrotas.
Pero el deporte de alto rendimiento no vive del pasado.
El problema no es perder, es no evolucionar
El debate real no pasa únicamente por la racha negativa. Pasa por la sensación de estancamiento. Mientras figuras como Khabib Nurmagomedov (en su momento), Merab Dvalishvili o el propio O’Malley han evolucionado combinando striking dinámico, grappling inteligente, cardio inagotable y un fighting IQ acelerado, Chito ha mantenido una fórmula cada vez menos efectiva.
Su estrategia histórica de esperar el golpe decisivo le funcionó contra nombres como Frankie Edgar y Dominick Cruz. Pero la nueva generación del peso gallo es más rápida, más móvil y maneja mejor la distancia. Cory Sandhagen, Song Yadong o incluso una eventual revancha ante O’Malley representan estilos que neutralizan el ritmo pausado de Vera.
En sus últimas derrotas se ha visto lo mismo: bajo volumen ofensivo, dificultad para cortar el octágono y poca insistencia en explotar su base de jiu-jitsu. El grappling ofensivo casi no aparece. El ajuste táctico entre asaltos es limitado. Y en la UFC moderna, eso cuesta decisiones.
Aquí es donde la frase popular —aunque dura— empieza a sonar: “perro viejo no aprende”. La pregunta es si Chito quiere demostrar que esa sentencia no aplica en su caso.
¿Debe seguir? Sí, pero solo si cambia
No debería seguir si mantiene la misma modalidad de pelea. No debería exponerse únicamente a sumar derrotas por decisión frente a rivales más dinámicos.
Pero sí debería continuar si decide reinventarse. Si aumenta el volumen. Si presiona más. Si mezcla derribos con striking. Si convierte su jiu-jitsu en una amenaza real y no solo en defensa. Si ajusta su fighting IQ a la velocidad actual de la división.
El problema no es la edad. No es el desgaste. Es la evolución.
Chito Vera ya hizo historia. Eso nadie lo discute. Pero la UFC no premia trayectorias pasadas, premia rendimiento presente. Si el ecuatoriano logra adaptar su estilo, todavía puede competir. Si no lo hace, quizá lo más sabio sea preservar su legado antes que desgastarlo.
La decisión, al final, no es deportiva. Es estratégica. Y profundamente personal.
