Existe un hilo invisible que conecta la mesa de un hogar en Esmeraldas con una reunión familiar en el Austro: la risa.
Diversos estudios de percepción y bienestar sitúan habitualmente a los ecuatorianos entre los ciudadanos más optimistas de la región.
Pero, ¿de dónde nace esa satisfacción? Según expertos, la felicidad del ecuatoriano no es individualista ni depende estrictamente del bienestar material; es una “felicidad de pertenencia”.
“El ecuatoriano es un ser gregario. Su felicidad se mide en función de la estabilidad de su red de apoyo. Si la familia está unida, si hay salud en los mayores y si se puede compartir una comida, el ecuatoriano se siente pleno. Es una alegría que se autogestiona en la comunidad”, explica Marcos Rivadeneira, sociólogo.
Esta característica se traduce en una característica clave de nuestra población: la resiliencia alegre. Ante la adversidad, el ecuatoriano responde con humor, con música y con la apertura de su hogar al vecino. La felicidad aquí no es un estado pasivo, es un acto de resistencia que se celebra en cada fiesta popular y en cada reencuentro.

La familia como el mayor generador de bienestar
Los datos del INEC y encuestas de bienestar revelan que el 85% de los ecuatorianos identifica a “la familia” como su principal fuente de satisfacción vital, por encima del éxito profesional o el consumo.
Una identidad que se celebra
La identidad ecuatoriana es una identidad “en fiesta”. Desde la alegría extrovertida del costeño hasta la calidez amable del habitante de la Sierra y la paz profunda del amazónico, hay un denominador común: la amabilidad. El ecuatoriano es conocido por su hospitalidad, un rasgo que nace de su propia satisfacción interna.
“Somos un país de brazos abiertos porque somos un país que se siente seguro en su núcleo familiar. Esa seguridad emocional es la que nos permite ser uno de los pueblos más acogedores del mundo”, concluye la socióloga Elena Vásquez.
