Ecuador es un país de contrastes que quitan el aliento, pero también de distancias que, a veces, parecen insalvables. El acento marcado de la Costa, la reserva pausada de la Sierra y la calidez noble del Austro dibujan un mapa de fragmentos.
Somos un rompecabezas de regiones, etnias y clases sociales que, en el día a día, suelen transitar por carriles distintos. Sin embargo, existe un hilo conductor, un código compartido que no entiende de códigos postales ni de altitudes: el ritual de destapar una Pilsener.

El puente entre el mar y el páramo
Desde el puerto principal hasta el rincón más alto de los Andes, la fragmentación se disuelve cuando empieza la fiesta. No importa si el fondo musical es un pasacalle, una chicha o un reguetón urbano; Pilsener ha logrado lo que pocos símbolos nacionales pueden presumir: ser el Auténtico Sabor Ecuatoriano que se adapta a cada mano.
Es la misma botella la que refresca el calor húmedo de un mercado en Guayaquil y la que acompaña el brindis tras una cosecha en el campo azuayo. Es, en esencia, el denominador común de nuestra identidad.
En un Ecuador que a veces se siente dividido por regionalismos, este sabor nos recuerda que lo que nos une es mucho más fuerte que lo que nos separa. No importa tu raza, tu origen o el saldo de tu cuenta bancaria; frente a una Pilsener, todos compartimos el mismo orgullo de haber nacido en esta tierra.

