Hay películas que se ven. Y hay otras que se sienten. Hiedra pertenece a la segunda categoría.
En conversación con Metro Ecuador, el productor Joe Houlberg y el actor debutante Francis Llumiquinga no hablan de una historia convencional, sino de una forma distinta de hacer cine en Ecuador: más íntima, más incómoda, pero también más honesta.
“Lo que buscamos es contar desde las sensaciones, desde las miradas, desde los silencios”, explica Houlberg, quien lleva cerca de 20 años en la industria. Su trayectoria incluye formación en Quito y una maestría en Chicago, además de una larga colaboración con la directora Ana Cristina Barragán, con quien ha construido un lenguaje cinematográfico propio.
Ese lenguaje se aleja de lo explícito y apuesta por lo emocional. En Hiedra, esa búsqueda se traduce en una historia que explora relaciones complejas, sin categorías claras. Para Francis Llumiquinga, quien grabó la película con apenas 15 años, el reto fue entrar en un personaje marcado por una madurez forzada.

“Es una relación que puede parecer enamoramiento, pero luego da un giro que nadie espera”, cuenta sobre el vínculo entre los personajes. Su proceso no fue solo actoral, sino personal: entender al personaje antes de interpretarlo.
Ese enfoque también define la forma de trabajo del equipo. Durante casi un año, se realizó un proceso de casting y preparación con actores naturales, muchos sin experiencia previa en cine. La prioridad, según Houlberg, fue construir un espacio seguro.
“No se trata solo de actuar, sino de cuidar a las personas que están contando estas historias”, señala. Esa idea se confirma en la experiencia de Francis: “Al inicio había miedo, pero el ambiente hizo que todo fluya. Nos sentimos acompañados”.
Pero Hiedra no solo es importante por lo que cuenta, sino por dónde ha llegado. La película formó parte del Festival de Cine de Venecia, uno de los más importantes del mundo, donde además obtuvo un reconocimiento inédito para el cine ecuatoriano.
Para Houlberg, este momento marca un punto de inflexión: “Ya no queremos que ver una película ecuatoriana sea algo raro. Queremos que sea parte de la conversación global”.
Ese paso hacia lo internacional no es aislado. Según explica, el cine ecuatoriano, especialmente el documental, ha ganado visibilidad en los últimos años. Ahora, la ficción también empieza a ocupar ese espacio.
Lo que sigue es una construcción colectiva. Nuevos proyectos como Amapola, también producida por Houlberg, continuarán explorando historias íntimas, esta vez centradas en mujeres que atraviesan procesos de sanación tras experiencias de violencia.
Mientras tanto, Hiedra ya deja una huella: no solo en festivales, sino en una audiencia que empieza a verse reflejada en pantalla.
Porque, como dice Houlberg, tal vez lo más importante no es solo contar historias, sino reconocer que “estas historias también somos nosotros”.
