El vintage es ahora el nuevo negro

Así pasó del underground y los mercados de pulgas a las alfombras rojas.

Por Luz Lancheros

“Vintage”. Durante mucho tiempo, el término había sido relegado a ropa de segunda mano que se compraba en tiendas especializadas. Pero desde hace algunos años, esto ha cambiado (aunque ya veíamos a famosas y royals “reciclar” vestidos): ahora vemos mucho más este tipo de prendas en alfombras rojas, tal y como lo ha hecho Kim Kardashian con piezas de Alexander McQueen y Thierry Mugler, por ejemplo, o Margot Robbie con su Chanel de los 90 en los Oscar, para nombrar a algunas celebridades.

También lo hemos visto a través de grandes plataformas de reventa, desde The RealReal, pasando por Asos Marketplace, Etsy, hasta Vestiaire Collective, entre otros. Pero, ¿por qué en ciertos contextos ha llegado a cambiar de estatus? 

“No podemos hablar de mercado vintage, hablamos siempre de mercado de reventa. Vintage es lo que tiene más de 20 años y en la mayoría de esos nuevos negocios eso es solo un porcentaje chico de lo que se mueve”, aclara a Metro Jeniffer Varela, del portal de piezas vintage The RealReal, que también explica el cambio de estatus, al menos en los mercados anglo y europeo: “La ropa de segunda mano siempre ha tenido un contexto negativo, desde los pobres que heredaban la ropa de sus patrones, hasta miembros de subculturas como el punk y los músicos grunge que nos hicieron sentarnos en un imaginario de ropa fea y vieja. En realidad, la práctica de comercializar y comprar ropa vintage siempre ha estado relacionada con las subculturas, sea de gente que no puede permitirse una prenda nueva o que bien tiene los suficientes conocimientos de moda e historia para buscar piezas específicas, tesoros que nadie puede encontrar”, agrega.

“Ahora, el fenómeno ha crecido primero gracias a la necesidad de buscar prácticas más sostenibles de industria y consumo y también en parte por la sensación de democratización del lujo, esa que nos dice que podemos tener un poquito de lujo si nos hacemos a la idea de no comprarlo en la tienda sino de alguien que lo ha usado ya. Esa combinación ha hecho que nos hagamos la idea de un armario rotativo en vez de un closet sin fin que acumula piezas que jamás nos volveremos a poner. Así, podemos tener el bolso de moda y venderlo cuando ya no nos guste, para comprar el siguiente. Es economía circular”, explica la experta.

El elemento sostenible es fundamental: mundialmente se consumen 80 billones de piezas nuevas de ropa cada año (cifras del documental de 2016 The True Cost). De hecho, en Estados Unidos, el ciudadano promedio genera 82 libras de desperdicio textil cada año, dando como resultado que solo ese país produzca 11 millones de toneladas.

"El fenómeno ha crecido primero gracias a la necesidad de buscar prácticas más sostenibles de industria y consumo y también en parte por la sensación de democratización del lujo"

Para variar, se ha sabido de las prácticas de varias casas de lujo de quemar las cosas que no venden, cosa que por ejemplo ya se prohibió en Francia.

Esto ha llevado a que generaciones más conscientes y menos interesadas por el consumo conspicuo vean en el vintage una posibilidad de consumo que cause menos impactos climáticos. Internet también ha tenido mucho que ver con ello: “ El mundo digital nos ha acercado a todo y nos ha hecho más informados y conscientes. Nos ha enseñado que comprar ropa de segunda mano aporta a la reducción de fabricación de ropa y también nos ha enseñado que hay piezas clásicas que están al alcance de un clic y nuestra tarjeta de crédito. Asimismo, la gente se da cuenta de que puede acceder a artículos que cuando se lanzan no se los podrían permitir. También hablamos de prendas de “inversión”, al menos en Estados Unidos. Por esto, estas ventas se convierten en un ciclo de gente rotándose ropa. Y claro, son negocios que juegan con el ‘hype’ del momento: entre las piezas más buscadas están esas que no pueden encontrarse ni siquiera en la tienda y con el dinero en la mano, entonces se vuelve una cacería de tesoros un poco más sencilla”, explica Varela.

Por ahora, el negocio va al alza, pero ¿cuál será su futuro? Para quienes están dentro del negocio, lo que se lleva y se llevará: “A ser la nueva norma, definitivamente. No en vano vimos la quiebra de Barney’s mientras negocios de reventa como TRR comienzan a cotizar en la bolsa y cada día surgen otros con este mismo modelo. Hay gigantes como Nordstrom que ya han anunciado su apuesta por revender las devoluciones en buen estado de sus clientes, y otros que están contemplando negocios de alquiler de piezas de lujo. El mundo del ‘retail’ sabe que acumular piezas ya no está de moda, ni es amigable con el planeta, entonces tiene que reinventarse”.

P y R

Jeniffer Varela, experta en vintage

 Vimos a las famosas de Hollywood llevando vintage y a Kim Kardashian con piezas de archivo. A qué se debe esto?

–Creo que eso obedece al afán de mostrarse como conocedores, que ante un mercado de gente con menos poder adquisitivo, por ejemplo, no pueden quedarse atrás. El vestido McQueen que Kim modificó y que habría escandalizado a cualquier conservador de museo, lo compró su esposo en una tienda vintage, pero de cierta forma accedió a él como cualquiera con dinero lo habría podido hacer. Con las tiendas de reventa, que no tienen las restricciones clasistas (y a veces racistas) de las grandes casas de lujo, lo único que les queda a esos famosos es demostrar que de todo ese universo de piezas de colección, ellos pueden tener la mejor. Todos pueden entrar a Internet y comprar en The RealReal, Poshmark o Fashionphile, pero solo una celebridad con mucho dinero puede comprar un bolso Birkin de cocodrilo del Himalaya.

 

 ¿Por qué en algunos países y culturas el vintage aún es tan underground?

–Porque el verdadero mercado vintage no se trata de acumular piezas de tendencia, sino aquellas que el comprador experto sabe que tendrán algún valor con el tiempo. En mi experiencia en este mercado he conocido coleccionistas del trabajo de Hedi Slimane cuando fue diseñador de Dior Homme, o de las colaboraciones que Dior hacía con tiendas como Neiman Marcus o Saks… y así sucesivamente. Ese mercado, el de los coleccionistas que buscan joyas para atesorarlas y no para mostrarlas en redes sociales, seguirá un poco escondido porque el propio misticismo de su arte lo requiere: buscar archivos, estudiar piezas, casi que cazar la deseada, es el trabajo de un coleccionista.

 

 

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