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Crisis en Nicaragua: “Si el gobierno mata, la Panamericana se cierra”

Los pobladores de La Trinidad, en Nicaragua, cierran el paso en la carretera Panamericana, que conecta a Centroamérica, para cualquier transporte de mercancías como parte de la revuelta social contra el presidente, Daniel Ortega.

Veinticinco kilómetros antes de llegar a la ciudad de Estelí, cientos de tráileres esperan sobre la carretera Panamericana a que un grupo de jóvenes encapuchados les autorice el paso por el puente de La Trinidad.

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Al lado sur del puente se estacionan los camiones provenientes de Panamá, Costa Rica y de la capital nicaragüense, que se dirigen a la frontera con Honduras, para ingresar al triángulo norte centroamericano. Al lado norte del puente, esperan los camiones que hacen la ruta inversa.

Parapetados detrás de una muralla de adoquines y armados con lanzamorteros, estos muchachos, llamados miembros del Movimiento 19 de Abril de La Trinidad, han instalado un tranque por el que nadie pasa sin su autorización. Desde hace seis semanas, controlan aquí una parte del comercio centroamericano.

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Han establecido tres horarios para pasar: a las seis de la mañana; a la una y a las cinco de la tarde. Después, cierran el paso. Pero no todos pueden seguir su camino. Los vehículos particulares tienen prioridad, para que no sean víctimas de algún ataque. Si hay heridos o enfermos en algún vehículo pasan automáticamente.

Son más de 100 personas las que se turnan ahora para administrar el tranque. Y en la noche, cuando lo cierran del todo, medio centenar de pobladores custodian que no venga nadie a levantarlo o a pasar el puente.

El tranque de La Trinidad es uno de los casi setenta que aún continúan en las carreteras de Nicaragua, parte de la revuelta social contra el presidente, Daniel Ortega, que ha dejado un saldo de más de 250 muertos desde el 19 de abril.

Pero aquí, el comercio centroamericano depende también de las acciones de las fuerzas de seguridad del Estado.

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"Si vemos que el día anterior el Gobierno no mata a nadie, dejamos pasar hasta 50% de los tráileres. Si matan gente entonces ya reducimos a 30%, a 20%", dice Cinco, un muchacho de tez morena, fornido y con una incipiente barba, que apenas alcanza la mayoría de edad. Él es uno de los administradores de turno del tranque sur.

Se ha quitado el pañuelo del rostro para hablar, y lo hace con una sonrisa juguetona, como si liderara un equipo en una justa deportiva. Dice ser estudiante mientras, con el brazo derecho, sostiene un lanzamorteros casero, de los que constituyen las armas de la mayor parte de la resistencia en Nicaragua. Tubos de acero por los que lanzan morteros de dos explosiones.

"Después del Día de la Madre pasamos cuatro días sin dejar pasar a nadie", dice, sonriente. Esta es su revolución y este es su pueblo. Y se sabe acuerpado por los 10.000 pobladores de la ciudad.

"Esto es de nosotros, los de abajo"

La Trinidad es un municipio tradicionalmente liberal, que debe su nombre a tres cerros que lo rodean y que, en estación lluviosa, visten el verde fosforescente tropical de istmo. Los cerros contrastan con el casco urbano, con sus calles de adoquines grises.

El centro aún conserva casas de paredes blancas y techos de teja y en algunos postes, caballos y burros esperan que sus dueños les vuelvan a ordenar el destino. Este es un pueblo de comerciantes cuya gente recorre los caminos y veredas para ir a vender sus productos y, que para protegerse de cualquier sorpresa, anda armada. Hay muchas armas en La Trinidad. Lo dice su alcalde, Bismarck Rayo.

Rayo es un hombre de esos que llamamos campechano. Cercano a los 50 años, macizo, el rostro color tomate que asemeja un perenne rubor, que no se ha curtido a pesar del sol tropical, viste con camisa polo, pantalones vaqueros y habla siempre con una sonrisa, en ese lenguaje del campo en el que las muletillas son cortesías.

Asumió la alcaldía en enero de este año, pero no es su primera experiencia. Ya había gobernado la ciudad entre 2008 y 2012, cuando la entregó a una alcaldesa sandinista. Este año, cuando la recuperó, denunció que la administración saliente entregó el edificio vacío; que se habían llevado las computadoras, muebles y dejaron solo cuentas por pagar. Problemas normales de alcalde, pues, que hoy recuerda con nostalgia.

La Trinidad tiene desde hace dos meses otras formas de gobierno, de vida municipal y departamental, de desafíos.

Los comercios han cerrado. Pero no necesariamente por ser víctimas de la situación: el señor Hache es propietario de un comedor en el centro. Dice ser ingeniero industrial. Tiene 49 años, estatura baja y complexión robusta. Cerró el comedor para unirse a las protestas. Ayuda a administrar el tranque.

"Esto es de abajo. De nosotros, los de abajo. Sí, estoy perdiendo dinero, pero todo Trinidad se está sacrificando. Queremos un cambio. Los de arriba, los grandes empresarios, hicieron un pacto con Ortega. Por eso todavía no quieren unirse. Pero el pueblo tiene 40 años en esta lucha", dice seguro de que cumple una misión histórica.

"Tenemos que sacrificar algo en esta lucha. Ahora es la economía, nuestra economía, porque la vida comercial del pueblo está paralizada. Los grandes empresarios no han querido unirse, los estamos uniendo paralizando sus contenedores. Los camioneros nos apoyan, nos lo dicen durante sus largas esperas. No se quejan. Son sus patrones los que no están dispuestos a perder".

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Los niños juegan a hacer barricadas

La crisis ha trastornado la vida de todo el pueblo. A los comercios cerrados sigue un parque central vacío, una población alerta a pesar de la engañosa parsimonia con que camina y sonríe la gente.

En los alrededores del centro, algunos pobladores han levantado más barricadas en las bocacalles para evitar el libre tránsito.

La vida de los niños también ha cambiado para siempre. Ya no juegan a ser Messi ni Ronaldo ni el hombre araña. Ahora pretenden ser encapuchados de tranque.

En varias bocacalles, niños han movido adoquines para hacer sus propias minibarricadas. En esta, a cinco cuadras del centro, los niños vecinos de calle han apilado con dificultad catorce adoquines, cinco filas de base y los que sobren hacia arriba.

Se han enrollado sus propias camisas en la cabeza a manera de pasamontañas, así que sobre el rostro de uno de ellos asoman los ojos y la nariz de Elmo, el alegre personaje de Plaza Sésamo, y sobre otro, baila un Bob Esponja.

En la mano portan una extraña arma negra, con dos mangos y una cacha larga —es decir, larga proporcionalmente-. Un diseño novedoso, producto de amarrar y ensamblar tubitos de plástico de tal manera que asemejan diminutos lanzamorteros.

En su interior, colocan pequeños petardos, cuetillos de a peseta, que disparan a apenas unos centímetros de distancia. Las bocas de sus lanzamorteritos están ya derretidas, pronto tendrán que amarrar y ensamblar nuevos tubitos.

Pero el juego del minitranque los mantiene entretenidos: ven a peatones, motos y caballos, y les dan amablemente el paso o simplemente los observan. "Eso sí —dice Héctor, el pequeño con el Bob Esponja ocultando su rostro—, si viene una moto con un niño le digo a él: ‘¡Dejalo pasar, que llevan un niño, hombre!’".

Pero en el mundo de los grandes las armas pueden a veces utilizarse para lo que se inventaron.

"No íbamos a dejarlos pasar para que fueran a matar gente"

El 30 de mayo, Día de las Madres, una caravana de militantes sandinistas reunida en Estelí necesitaba pasar por el tranque camino a Managua.

El alcalde Bismarck Rayo recibió una llamada de su homólogo de Estelí, Francisco Valenzuela, un cacique sandinista que controla toda la región desde hace más de una década. Lo llamó para pedirle que dejara pasar a la caravana sandinista. Para que convenciera a los jóvenes que administran el tranque de que abrieran el paso.

Eran, según cálculos del alcalde Rayo, unos 5.000 sandinistas provenientes de tres departamentos, transportados en buses. Rayo, que no podía tomar esa decisión a nombre de los jóvenes, sugirió una reunión. Valenzuela aceptó.

El alcalde de Estelí llegó acompañado del comisionado policial, Alejandro Ruiz, otro sandinista con mucho poder en la zona. Rayo llegó con algunos muchachos del tranque.

"Nos pedían que dejáramos pasar a policías y turbas que iban camino a Managua. Les dijimos que no. No íbamos a dejarlos pasar para que fueran a matar gente a Managua", recuerda Cinco. (Ni el alcalde Valenzuela ni el comisionado Ruiz aceptaron hablar con El Faro).

Rayo dice que, al terminar la reunión con las autoridades de Estelí y los muchachos del tranque, se temió una masacre. Que el comisionado policial y el alcalde Valenzuela se fueron de la reunión asegurándole que querían solucionar la situación por las buenas. Pero ya los muchachos les habían dicho que no pasarían por el tranque de La Trinidad.

"Cuarenta minutos después veo que vienen las Land Cruisers, seis camionetas llenas de antimotines uniformados. Atrás venía una pala mecánica para arrasar con el tranque y más atrás diez camionetas Hilux llenas de Juventudes Sandinistas con camisetas de Daniel y con lanzamorteros. Primero se agarraron a morterazos. Luego sonaron balas y la gente del pueblo sacó escopetas y pistolas para defender a los muchachos".

La balacera, según algunos testigos, duró 45 minutos. "Este pueblo está dispuesto a morir con nosotros. Todo mundo salió de sus casas. Éramos como 800", dice Cinco.

De un lado, tres civiles de La Trinidad resultaron heridos. Del otro, según Rayo, dos jóvenes sandinistas murieron y varios antimotines resultaron heridos. Los sandinistas se retiraron.

El saldo de bajas, para la confrontación que allí tuvo lugar, fue pequeño.

De la facultad de medicina al tranque

Algunas horas después, en Managua, paramilitares orteguistas atacaron a balazos una masiva manifestación en honor a las madres de estudiantes muertos y desaparecidos. Doce personas fueron asesinadas.

En homenaje a las víctimas, los estudiantes no dejaron pasar ningún vehículo por el tranque de La Trinidad durante cuatro días.

"Ningún tráiler pasó por aquí. Las filas eran enormes. Pero así hacemos: si matan al pueblo no dejamos pasar el comercio", dice Catleya, nombre con el que pide ser identificada esta joven, estudiante de medicina en la UNAN León.

Tiene 21 años. Es callada, y uno alcanza a ver una mirada casi infantil detrás del pasamontañas. No lleva armas ni lanzamorteros, no los necesita. Ella da indicaciones. Ejercita el don de mando. Si esta fuera una fuerza guerrillera, Catleya sería comandante.

Su nueva vida comenzó el 20 de abril, en su universidad en León, cantando el himno nacional y canciones revolucionarias.

"No nos íbamos a callar, ya teníamos muertos, los del 19 en Managua. Después del mediodía nos advirtieron que los antimotines venían. Comenzaron a tirar lacrimógenos y a disparar. Corrí. Con mi amiga nos refugiamos en casa de su novio. Estuve escondida algunos días".

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Esos días en los que decidió integrarse, de la forma que pudiera, a la resistencia contra el gobierno de Ortega y su esposa Rosario Murillo. Regresó a La Trinidad el 4 de mayo, en cuanto le dijeron del tranque. Siete estudiantes, entre ellos su primo, levantaron la barricada al mediodía. Ella llegó en la tarde. Fue la número ocho.

Mientras habla, señala con el índice a un peatón que pretende cruzar el puente con una mochila. Dos jóvenes encapuchados abordan de inmediato al peatón y revisan su mochila.

El 30 de mayo tampoco andaba armada más que con un kit de medicinas y un teléfono, con el que captó un video del enfrentamiento.

"Fue lo único que pude grabar en el instante". Ese video se volvió viral. Y a partir de entonces la población de La Trinidad, dice, se supo grande. Unida.

Sin policía ni tribunales

Otras cosas han pasado aquí: la Policía de La Trinidad, que se había mantenido encerrada en su estación, abandonó el pueblo durante la madrugada del 15 de junio. Por la tarde, el comisionado de Estelí telefoneó al alcalde Rayo para decirle que los policías se sentían muy inseguros y estaban ya en Estelí.

La Alcaldía de La Trinidad resguardó las instalaciones de dos pisos que conforman la estación policial. En el piso de arriba, tres celdas de concreto, que no parecen haber sido limpiadas jamás. Afuera de las celdas sobre el piso también de concreto, plumas de varias aves que no parecen haber corrido una buena suerte se concentran en tres lugares distintos. Al fondo cenizas de más de una hoguera.

Abajo están las oficinas administrativas, polvorientas y desordenadas. En tan mal estado que nadie de la Alcaldía se ha querido hacer cargo. Resguardar las instalaciones quiere decir poner candados a la puerta y que un empleado municipal pase por enfrente algunas veces al día, para asegurarse de que nadie se ha metido.

El problema no es que se metan: es que no hay policía. Tampoco hay tribunales. Ninguna de las instituciones del Estado encargadas de la seguridad y la procuración de justicia tienen hoy presencia en la ciudad. El alcalde es, pues, la única representación oficial de la república en el lugar.

"Hemos organizado un grupo de unas 200 personas que patrullan por turnos a partir de las 7 de la noche", explica el alcalde Rayo. "Hace poco la gente capturó a un ladrón y lo metimos a la estación de Policía. La gente decidió que solo devolviera el dinero que se había robado, y lo soltamos. A otro ladrón lo metimos en la celda y se arregló con la afectada allí".

Los sandinistas también abandonaron la sede del partido y se fueron a sus casas. Pero nadie los ha molestado. Salvo la semana pasada, en la que corrió el rumor de que algunos paramilitares pretendían infiltrarse en el casco urbano.

"Agarramos a uno. La gente estaba enojada y lo fue a sacar a la casa del secretario político del Frente Sandinista", admite el alcalde. Lo sacaron del pueblo.

El martes 26 de junio, sostuvieron una nueva reunión con el comisionado policial de Estelí. Nuevamente, les pidió liberar el paso. Los muchachos volvieron a negarse.

Si quiere volver con balas, le dijeron, "lo esperamos en el tranque".

*Este artículo fue publicado originalmente en El Faro.


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