Cuando Lucía Nzunkulu tenía solo tres años de edad, su madre se cansó de ella y la abandonó, llevándola a la casa de su padre, sin embargo, él tampoco la quería tener en su casa.
Pese a que suena triste, esto es lo mejor que le pudo haber pasado a Lucía, quien ahora tiene 14 años.
“Mi papá tenía una nueva familia y no quería saber nada de nosotros”, explica la joven, quien añade que “a él no le importaba si nosotros comíamos o no”.
Lucía y su hermanito de tres semanas de edad terminaron en Agape, un orfanato ubicado en KwaZulu-Natal, Sudáfrica, el cual provee de alimentos, un techo y educación a alrededor de 50 niños.
“Aquí es donde pertenezco”, enfatiza Lucía. “La gente de aquí no me botaría como lo hizo mi madre, quien dijo que regresaría pero nunca lo hizo. Cuando las personas me preguntan ¿cómo es tu orfanato? yo les contesto ‘¿te refieres a mi hogar, cierto?’”.
Más que un hogar
Aunque suene inusual, a más de brindarles cariño y un ambiente cálido a estos niños, Agape también les provee de música.
De hecho, los pequeños se han convertido en grandes cantantes, e incluso su historia es la trama central de un galardonado documental llamado “We are together” (estamos juntos).
“La música es algo primordial para este orfanato”, dice el cineasta Paul Taylor, quien es la cabeza de la Fundación Rise, la cual él fundó después de haber realizado este filme, a fin de contribuir con la educación de los niños de Agape.
“Estos pequeños tienen unas voces hermosas, pero el enfoque que hace Agape en la música no se trata solo de la parte artística. La música es una especie de terapia para estos niños”, enfatiza Taylor.
Un cambio de vida
Lucía reconoce que cantar le ha cambiado la vida.
“Cuando me uní al coro yo no sabía nada sobre música”, dice ella, “pero a los sudafricanos nos encanta cantar, y aquí en Agape lo hacemos antes de comer y de orar. Gracias al coro nos hemos ido a Londres y a Nueva York”, y eso queda muy lejos de la choza de su padre…
Hoy, gracias a ese lugar al que ella siente como su propia casa, Lucía puede permitirse pensar en el futuro.
Por ahora ella sueña en convertirse en una profesora de matemáticas o en una diseñadora de modas.
Además, planea dejar Sudáfrica, un país que recientemente fue calificado como el de mayor desigualdad económica en todo el mundo.
“Pero más que nada, quiero hacer mi propia vida”, enfatiza Lucía.
“Lo que más deseo es hacer que las personas que me ayudaron se sientan orgullosas de mí”, dice con una evidente emoción.